Un equipo de científicos liderado por investigadores de la Universidad de Chile logró resolver un enigma de más de 400 años relacionado con el origen de la fúrcula, conocida popularmente como el “hueso de la suerte”. La investigación reveló que esta estructura ósea, ubicada en la parte delantera del pecho de las aves y caracterizada por su forma de “V”, se habría originado a partir de la unión de tres elementos presentes en sus antepasados evolutivos, los dinosaurios.
El estudio, publicado en la revista científica “Science Advances”, fue encabezado por Sebastián Jiménez-Villalón, doctor en Ciencias de la Universidad de Chile, y contó con la participación de especialistas de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad de São Paulo. Los investigadores buscaron esclarecer cómo se formó esta pieza ósea, cuyo origen había generado distintas interpretaciones científicas debido a la dificultad de identificar sus componentes originales en los fósiles y esqueletos adultos.
La pregunta nace desde el siglo XVI, cuando el naturalista francés Pierre Belon comparó los esqueletos humanos con los de las aves e identificó semejanzas entre gran parte de sus huesos. Sin embargo, no consiguió establecer una equivalencia clara para la fúrcula. Posteriormente, en 1926, el paleontólogo danés Gerhard Heilmann utilizó la aparente ausencia de esta estructura en los dinosaurios como argumento para cuestionar el parentesco evolutivo entre ambas especies.
Esta interpretación comenzó a cambiar hacia finales del siglo XX, cuando nuevos descubrimientos paleontológicos demostraron que diversos dinosaurios terópodos, entre ellos el Velociraptor, sí poseían fúrcula. Su identificación había resultado compleja debido a que se trata de un hueso pequeño y frágil, que puede deteriorarse durante la fosilización o confundirse con otras piezas del esqueleto. Aunque estos hallazgos reforzaron el vínculo entre dinosaurios y aves, todavía no permitían explicar con precisión cómo se había formado originalmente.
Es ahí donde el equipo científico decidió estudiar las primeras etapas del desarrollo embrionario, en lugar de limitarse al análisis de fósiles. La investigación consideró cuatro especies de aves: el pollo, el pinzón cebra, el periquito australiano y el tinamú chileno (perdiz chilena). Además, se examinaron cinco especies de reptiles para comparar las estructuras anatómicas y reconocer posibles características heredadas de sus antepasados comunes.
La pieza clave del descubrimiento fue el tinamú chileno (Nothoprocta perdicaria), cuyos embriones permitieron observar un proceso que no había sido descrito anteriormente. Los investigadores identificaron que la fúrcula comienza a desarrollarse a partir de tres componentes, es decir, dos estructuras laterales correspondientes a las clavículas y una central denominada interclavícula, presente ancestralmente en reptiles y dinosaurios. Estos elementos se unen durante una etapa temprana del desarrollo, antes de completar su formación ósea, dando origen a una sola pieza sin divisiones visibles.
Según explicó Sebastián Jiménez-Villalón, la rapidez con que ocurre esta fusión también permite comprender por qué los registros fósiles no habían entregado respuestas concluyentes. Al integrarse los tres componentes antes de que se forme completamente el hueso, desaparecen las separaciones que permitirían reconocer su origen en un ejemplar adulto. De esta manera, el análisis embrionario permitió identificar información evolutiva que no podía observarse mediante los métodos tradicionales.
Actualmente, en gran parte de las aves modernas, la fúrcula presenta un mayor tamaño, mantiene su característica forma de “V” y se encuentra conectada con el esternón. De acuerdo con Alexander Vargas, académico de la Universidad de Chile y coautor del estudio, esta estructura funciona como un resorte natural que almacena y libera energía durante el aleteo, contribuyendo a estabilizar los hombros y mejorar la eficiencia del vuelo.
Finalmente, los investigadores señalaron que el descubrimiento abre nuevas posibilidades para estudiar la evolución de las estructuras óseas y comprender las transformaciones que experimentaron los dinosaurios hasta dar origen a las aves actuales. Entre los próximos desafíos se encuentra determinar si el patrón identificado en la perdiz chilena está presente en otras especies, reconocer los mecanismos moleculares que controlan la unión de los tres componentes y establecer en qué momento de la evolución la fúrcula adquirió sus funciones relacionadas con el vuelo.

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